Sacrificio inútil

La vida sigue su marcha y no espera a nadie. Algunos dicen que esto de vivir es solo para quienes tienen hambre. Una visceral forma de construir sentido a los acontecimientos. El trabajo duro, el esfuerzo y el tiempo invertido se exponen y entregan como sacrificio. Pero, ¿En realidad, el bienestar económico de una persona y familia depende de ello?

Muy temprano por las mañanas, en las calles y en el transporte público, se puede ver a miles de personas viajando a sus lugares de trabajo. De hecho, muchas se trasladan por varias horas diarias para llegar a sus sitios de trabajo y por las tardes se les puede ver regresando a sus hogares. ¿Cuántas de estas mujeres y hombres no llegan a ayudar casa con el cansancio hasta los huesos? ¿Cuántos de ellos sacan fuerzas de las entrañas para atender a la familia? ¿Cuántos de ellos llegan a casa únicamente para desearle dulces sueños a sus hijos? 

Es probable que la mayoría de estas personas asuman la concreción de objetivos y metas como lucha cotidiana. Y sería barbárico asumir que no se esfuerzan lo suficiente: que las pocas horas de sueño, el cansancio y fatiga permanente también son insuficientes. Es verdad que las ganas, el hambre y la aspiración se posicionan como detonadores universales. Sin embargo, estos no tienen el poder suficiente para considerarlos una condición para un resultado. En este sentido, podemos entender que son personas que no se encuentren en el sitio correcto, en el momento indicado, ni tampoco se han relacionado con las personas adecuadas. 

Y aunque entre más pasos damos, nuestras metas se distancian cada vez más, no tenemos la intención de rendirnos y abandonarlas. Una broma cruel se interioriza y se vuelve un reto personal. Como un par de niños que corren a toda velocidad, esperando que la resistencia del otro sea menor que la suya, que lo detenga antes de que sus piernas lo abandonen y lleven al suelo.

Así pues, las personas no pierden de vista su objetivo, sin importar que la vida los coloque cada vez algunos metros más lejos que el día de ayer. 

Pero qué pasa cuando el tiempo ha pasado, cuando sus fuerzas merman, cuándo esa resistencia ya no coopera con el sujeto ¿El trabajo, esfuerzo y el tiempo se vuelven un sacrificio inútil? Dudo mucho que la depresión y la melancolía gobierne el corazón de las personas. Lo cierto es que las metas y los objetivos se moldean según el momento de vida donde cada persona se sitúa. Esto no quiere decir que renuncien a mitad de la carrera, solo que sus prioridades se reacomodan por el bienestar del colectivo. 

Retomando las palabras iniciales de este texto, mi respuesta sería un rotundo no. La vida no es exclusivamente, es para quienes tienen hambre. Lo cierto es que el resultado no depende únicamente de nosotros. No somos tan poderosos, no tenemos la capacidad de controlar cada consecuencia que se genera en relación con cada una de nuestras acciones. 

Tampoco esto quiere decir que no tengamos claridad en nuestro horizonte y porvenir. Si no que estas condiciones se ven generando de a poco, en su gran mayoría se componen de azar.  El día a día lo tomamos como viene, son como las olas del mar, en ocasiones, pese a nuestra preparación, no tenemos otra alternativa que hundir nuestros pies en la arena mientras esperamos que el movimiento violento pase y podamos caminar a un lugar más calmo. Y en otras ocasiones tendremos mejores oportunidades para mirar de frente a la ola, correr en contra de ella, atravesarla y salir victoriosos. 

Lo que es verdad es que, sean golpes, afrentas o victorias, saldremos de ellas un poco más sabios. Y el tiempo es sabio y el agua siempre regresa al mar, así el tiempo coloca cada elemento en su justo su sitio.

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