Conflicto con el yo

Los encuentros y desencuentros son una constante en nuestras vidas. Son como pequeños acertijos que se nos presentan bajo el rostro de experiencias con la posibilidad de transformarse en aprendizajes. Pareciera que algunos son más sencillos de resolver, mientras que otros no tanto. En mi experiencia, el más complejo de resolver es cuando uno pierde contacto con uno mismo. Y su complejidad está en todo el proceso: identificar la pérdida, trabajarla, luego iniciar el proceso para reencontrarse y sigue así hasta poder sentarse cara a cara y establecer un diálogo consigo mismo. Una conversación donde se pueda hablar y escuchar. Un espacio para reconocerse; identificar aquello que nos agrada y lo que no. Y todo esto para aceptar lo que somos, lo que queremos ser y también lo que no queremos ser. 

Y aunque sea una forma simple de resumirlo, lo complejo desdobla el proceso en un océano vertiginoso; vivimos un duelo que quiebra nuestra estructura psíquica. Al mismo tiempo que germinan emociones que nos confrontan con el entorno donde nos desarrollamos. Esto motiva una contienda de frenesí. Una sensación de incomodidad que se desarrolla y se vuelve un enojo (por no decir furia) frente a las circunstancias presentes.  Nos enfadamos tanto que un error estalla y termina por convertirse en un fracaso. Y qué sucede, nos sentimos vulnerados, indefensos, temerosos, inseguros, insatisfechos. Nos reconocemos como derrotados. 

En mi caso, las fuerzas merman y los pensamientos me abruman. Y contrariamente a la tranquilidad que podría reflejar, en mi mente se superponen un pensamiento sobre otro. Cada nuevo resulta más asfixiante y agobiante que el anterior. Y consecuencia de ello, duermes menos, abandonas muchos hábitos por considerarlos improductivos. En resumen, vivir se vuelve persecutorio. Y uno, aterrado, trata de huir corriendo como demonio sin saber por qué, ni mucho menos sin saber a dónde. Lo único es que tratamos de alejarnos del peligro, intentando alejarse de aquello que lo dañará.  Es más una respuesta que nace del instinto de sobrevivir. 

Hacia el exterior, nos alejamos de nuestros seres queridos: amigos y familiares. A veces este distanciamiento puede ser violento; una violencia que nace de la incapacidad de verbalizar el conflicto que se está desarrollando en nuestro interior. Mientras que yo, hago presente el silencio, casi como una táctica para evitar que mis palabras se vuelvan en letanías que invoquen un caos que complique aún más las cosas.

Sería ingenuo pensar que al final del camino me espera la tranquilidad para seguir caminando. Sin embargo, esto resulta un proceso intermitente. No estoy seguro si los otros lo viven de una manera similar; o con menor o mayor intensidad. Entonces, es necesario que trabajemos la pérdida antes de retomar nuestros pasos. Y es que también intenté ignorar el conflicto, espere a que el tiempo hiciera su trabajo, pero esto no funcionó. Al contrario, en la mayoría de los casos el duelo crece y se hace más fuerte. 

Y es que no quiero negar que el proceso es doloroso. Esto debido a que el trabajo implica reconocer que hemos cometido errores. Es fundamental dimensionar el error; como eso, un error. Muchas veces la presión que sentimos es tan fuerte que una equivocación termina por ser una fatalidad sin remedio. Nos culpamos de las cosas "malas" que nos suceden y si esto no fuera suficiente, también nos sentimos responsables por lo "malo" que viven los otros. 

Para finalizar, la pérdida del yo es un conflicto que vivimos en varios momentos en nuestras vidas. Y en la mayoría de las ocasiones ignoramos el problema, pensando en que no es tan importante. Sin embargo, es un duelo que incide en la manera en que creemos y actuamos: tanto con nosotros como también con los demás. Impacta en nuestras acciones cotidianas, en algunos casos dificulta la concreción de objetivos y metas; y en otros impide que podamos sentirnos bien con nuestras acciones. Asimismo, oculta nuestros logros volviéndolos insignificantes e irrelevantes. Y así nos conducimos por la vida, considerando que no logramos nada, que no hacemos nada bien y sobre todo, que los otros sufren a causa de nuestras equivocaciones. 


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